Hoy sabemos que las células olfativas, muy sensibles, situadas en la membrana olfativa, están conectadas directamente con el cerebro a través del hipotálamo, y que la información transmitida se almacena a largo plazo en las áreas de control del cerebro. Ya en 2004 se concedió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por la investigación en este campo (Linda Bach y Richard Axel). En los resultados publicados, los autores describieron unos 1 000 genes olfativos (receptores) repartidos por todo el genoma. Cada uno de los neurorreceptores funcionales es capaz de identificar un determinado número de aromas.
Se estima que el ser humano es capaz de memorizar hasta 10 000 aromas y olores diferentes.
El estudio de los científicos estadounidenses dio lugar a otras investigaciones a gran escala y hoy sabemos, por ejemplo, que el feto ya percibe los olores en el primer trimestre. También se sabe cómo el cerebro distingue y almacena los aromas. Comprendemos asimismo cómo los aromas psicoactivos provocan experiencias o recuerdos específicos. No deja de ser interesante el hallazgo de que ciertos aromas obligan al cerebro a trabajar con mayor intensidad, incluso más que algunos problemas matemáticos.
Hasta el 75 % de las emociones que experimentamos pueden verse influidas por los olores. Además, la probabilidad de recordar una experiencia se multiplica por 100 gracias al acompañamiento olfativo, en comparación con el tacto o el sonido.