Cómo funciona nuestro cerebro
En general, cuando trabajamos estamos preparados para actuar y reaccionar ante el mundo exterior. El cerebro mantiene nuestro cuerpo en estado de alerta, básicamente en un estado de estrés. Esto es para que podamos reaccionar ante los estímulos, las tareas laborales y las situaciones laborales inesperadas. «El estrés activa el eje hipotálamo-hipófisis-corteza suprarrenal. Se produce la liberación de la hormona del estrés, el cortisol, y la activación del sistema nervioso simpático. Existe el llamado «estrés bueno», o eustrés, que nos prepara para rendir al máximo. Por el contrario, cuando estamos sometidos al estrés durante mucho tiempo, se trata de «estrés malo», o distrés, que conduce a toda una serie de enfermedades, al debilitamiento del sistema inmunitario y al agotamiento del organismo», explica Alena Lambertová. En estado de reposo, por el contrario, se activa el sistema nervioso parasimpático, lo que va acompañado de una ralentización del pulso, una disminución de la presión arterial y una respiración más tranquila y profunda. El cerebro y todo el organismo están mejor oxigenados, los niveles de cortisol —la hormona del estrés— son más bajos y hay más ondas cerebrales alfa en el cerebro. Esto es precisamente lo que influye en la calidad de nuestro sueño y también en nuestra inmunidad general. Se mejora nuestro metabolismo, se regeneran las células y el cuerpo crea reservas. En definitiva, descansamos y nos preparamos para el rendimiento futuro.
La clave más sencilla para el descanso y la relajación es limitar los estímulos que el cerebro interpreta como trabajo y que lo sobrecargan.
A la mayoría de nosotros nos sale bien durante las vacaciones, pero entre unas vacaciones y otras resulta complicado. Durante las vacaciones, la cantidad de información que recibimos es limitada, no sometemos a nuestros sentidos a estímulos importantes y sobrecargamos menos el cerebro. En las tradicionales vacaciones de verano junto al mar, nos influyen el sol y el aire fresco, y nos tranquilizan los sonidos del mar y los colores que nos rodean. Al tomar el sol en la playa, cerramos los ojos y, de este modo, limitamos los estímulos visuales. En definitiva, hay más variables de las que no somos conscientes, pero que, al actuar conjuntamente, aumentan el efecto relajante sobre el cuerpo.